Hace unos 12 millones de años se alzó la Sierra de Cabo de Gata, un macizo de unos 45 kilómetros que constituye la parte visible de una enorme provincia volcánica que hoy yace mayoritariamente bajo el agua entre el sureste español y el norte de África.

El intenso vulcanismo, combinado con siglos de erosión y sedimentación, dio origen a una costa de acantilados negros, calas casi vírgenes y arrecifes de roca oscura, convirtiendo este tramo de Almería en un escenario de formas imposibles que atrae a geólogos de todo el planeta.

En el punto exacto del cabo se encuentra el Arrecife de las Sirenas, uno de los lugares más fotografiados del parque; según la tradición, su nombre proviene de las focas monje que habitaban los islotes y que los marineros confundían con sirenas.

Entre las formaciones más singulares destacan la Cala de Enmedio, una playa virgen de arena dorada rodeada de rocas volcánicas y dunas fosilizadas, y la extensa playa de Los Genoveses, una bahía de más de un kilómetro flanqueada por dunas y vegetación típica del parque como pitas y chumberas.

Desde el Morrón de los Genoveses, un cerro de origen volcánico, se observan los flujos de lava cubiertos por sedimentos de dunas antiguas, mientras que la Playa de Mónsul, a apenas 400 metros de distancia, muestra la famosa Peineta, un promontorio de roca negra cuya silueta recuerda a una ola a punto de romper.

El carácter singular del paisaje ha convertido a Cabo de Gata‑Níjar en un laboratorio natural para estudiar procesos volcánicos, la interacción entre lava y sedimentos y la evolución de costas erosionadas, lo que refuerza su estatus de referencia mundial para la investigación geológica.

A la vez que el parque atrae a científicos, su belleza escénica lo ha convertido en un destino turístico de gran demanda; las autoridades locales enfatizan la necesidad de equilibrar la afluencia de visitantes con la conservación del entorno para preservar este patrimonio natural único.